La perdida de la propiedad digital

Hace unos años, la economía digital parecía un paraíso de posibilidades. Comprábamos un disco de DVD y éramos dueños de la película para siempre. La veíamos cuando queríamos, la prestábamos a un amigo, la regalábamos o incluso la vendíamos por ahí. Con la música ocurría lo mismo: el CD era nuestro, lo copiábamos, lo compartíamos y construíamos colecciones que contaban nuestra historia personal.

Hoy, ese modelo parece arcaico. Spotify, Netflix, Amazon Prime, Apple Music... el catálogo infinito por una suscripción mensual. Y con la comunicación pasa algo similar: los contactos dejan de ser una lista privada para convertirse en una métrica de seguidores en redes sociales. ¿Cuántos de nosotros sabemos realmente el número de teléfono de nuestros amigos más cercanos? ¿Y de nuestros clientes?

Recientemente, mientras configuraba WhatsApp en un nuevo dispositivo, me encontré con algo que me inquietó profundamente como valuador técnico. Los contactos ya no se sincronizan automáticamente con la agenda del teléfono. La opción existe, pero hay que activarla manualmente. Es un pequeño cambio, casi imperceptible, pero que revela una tendencia alarmante: nuestros contactos también están dejando de ser nuestros. Ahora son de la aplicación, de la plataforma, de un ecosistema que controla no solo cómo nos comunicamos, sino con quién y bajo qué condiciones.

El golpe de realidad final llegó al ver un video que analizaba el futuro de los sistemas operativos móviles. Para 2027, Google decidirá qué aplicaciones podremos instalar en nuestros teléfonos Android, estableciendo un "período de enfriamiento" o una verificación obligatoria de desarrolladores antes de permitir la instalación de software. Es decir, pagamos cientos de dólares por un dispositivo que, supuestamente, es nuestro, pero que terminará siendo un terminal controlado por el fabricante y el proveedor del sistema operativo.

Este artículo no es una apología de la nostalgia tecnológica ni un manifiesto contra el progreso. Es una reflexión desde mi perspectiva como valuador técnico sobre un fenómeno que está redefiniendo el valor de los activos digitales: la transición de la propiedad al acceso, y cómo esta transformación nos está desposeyendo, lentamente, de nuestra soberanía digital.

El modelo SaaS y la ilusión de la comodidad

El Software como Servicio (SaaS) ha conquistado el mundo digital. Y no es difícil entender por qué. Ofrece actualizaciones constantes, acceso desde cualquier dispositivo, escalabilidad inmediata y un costo de entrada bajo. Para las empresas, es tentador: convierten gastos de capital en gastos operativos, reducen la complejidad de mantenimiento y externalizan la seguridad a proveedores especializados.

Pero hay una cara oculta que rara vez se discute en los análisis de mercado. En el modelo SaaS, el cliente no es propietario de nada. No posee el código, no posee los datos en su totalidad y, lo más importante, no posee el control. Si un día decide no pagar la suscripción, se queda sin sistema. Si el proveedor cambia sus condiciones, los términos de servicio o simplemente decide discontinuar el producto, el cliente está a merced de esa decisión.

Esto es especialmente crítico en el ámbito empresarial. Una empresa que centraliza su gestión de clientes (CRM), su contabilidad, su comunicación interna y su almacenamiento en plataformas SaaS está construyendo su operación sobre terreno alquilado. Y el propietario del terreno, tarde o temprano, puede cambiar las reglas del juego.

El valor intangible que se pierde

Como valuador técnico, me preocupa especialmente cómo este modelo afecta la valoración de las marcas y los activos intangibles. En una economía basada en la propiedad, el software era un activo capitalizable. Una licencia perpetua de un sistema de gestión empresarial tenía un valor en el balance. Hoy, ese valor se ha diluido en un gasto recurrente que no construye patrimonio digital.

Además, la dependencia de plataformas externas introduce un riesgo operacional significativo. ¿Qué ocurre si el proveedor sufre un ciberataque? ¿Qué pasa si cambia su política de privacidad? ¿Cómo afecta a la continuidad del negocio si la plataforma experimenta una caída prolongada? Estos son riesgos que deben ser cuantificados y que, en muchos casos, las organizaciones subestiman.

¿Qué significa "ser dueño" en el siglo XXI?

La pregunta fundamental que debemos hacernos es: ¿qué implica realmente ser dueño de un activo digital? En el mundo físico, la propiedad es relativamente clara. Si compro un libro, lo tengo en mis manos. Puedo subrayarlo, prestarlo o venderlo. La propiedad confiere un conjunto de derechos: uso, disfrute, disposición y exclusión.

En el mundo digital, estos derechos se han fragmentado. Cuando "compro" una película en Amazon Prime, en realidad estoy adquiriendo una licencia de uso limitada, sujeta a términos de servicio que pueden cambiar. Si Amazon decide retirar esa película de su catálogo, la pierdo. No hay derecho a la reventa, no hay derecho a la copia para uso personal, no hay derecho a la herencia.

Lo mismo ocurre con la música, los libros electrónicos y los videojuegos. La industria ha descubierto que es más rentable vender acceso que vender propiedad. El acceso genera ingresos recurrentes, fideliza al cliente y mantiene el control sobre el producto.

El caso de los contactos y la comunicación

El ejemplo de WhatsApp es particularmente revelador. La decisión de no sincronizar automáticamente los contactos con la agenda del teléfono es un síntoma de una tendencia más amplia: las plataformas quieren ser el centro de nuestra identidad digital. Ya no tenemos una lista de contactos que nos pertenece; tenemos una red de conexiones que pertenece a la plataforma.

Si mañana decido abandonar WhatsApp, ¿qué pasa con mis contactos? ¿Los pierdo? ¿Puedo exportarlos fácilmente? La respuesta, en muchos casos, es que migrar es doloroso y está diseñado para serlo. El costo de cambio se ha convertido en la principal barrera de salida, y las plataformas lo saben.

Para los que me conocen, saben que prefiero Telegram por muchas razones. Aunque la realidad es que el único activo de comunicación que tengo es el correo corporativo, que es relativo a mi dominio web y que puedo de alguna manera mover a donde quiera siempre que tenga un proveedor de hosting. 

Android, iOS y el cierre del cerco

La duopolio Android-iOS ha reducido las opciones de los usuarios a dos ecosistemas controlados por dos gigantes tecnológicos. Y aunque Android se promocionó inicialmente como un sistema abierto, la realidad es que Google ha ido cerrando progresivamente el control sobre lo que los usuarios pueden hacer con sus dispositivos.

La noticia de que Google planea para 2027 restringir la instalación de aplicaciones mediante una verificación obligatoria de los desarrolladores no es un rumor menor. Es la confirmación de una tendencia: el fabricante decide qué puedes ejecutar en un dispositivo que pagaste con tu dinero. ¿Es esto propietario? ¿Es legal? La respuesta legal es compleja y varía por jurisdicción, pero la pregunta ética es clara: ¿por qué permitimos que una corporación decida qué hacemos con nuestra propiedad?

Apple ha sido tradicionalmente más restrictiva en este sentido, pero la diferencia se está acortando. Ambos sistemas operativos están convergiendo hacia un modelo de "jardín vallado" donde la libertad del usuario se subordina a los intereses del ecosistema.

Curiosamente, los usuarios de Apple suelen percibir cierto "status" por esto. Un status que solo es una ilusión realmente. Y ojo, no pretendo acá armar una guerra de opiniones sobre cuál es mejor, solo estoy siendo objetivo con el tema. 

El argumento de la seguridad: ¿verdad o excusa?

Los fabricantes justifican estas restricciones apelando a la seguridad. Argumentan que limitar la instalación de aplicaciones protege a los usuarios de malware y vulnerabilidades. Y es cierto que hay un componente de verdad en esta afirmación.

Sin embargo, la seguridad no debería ser un argumento para eliminar la libertad de elección. En los sistemas de escritorio, los usuarios pueden instalar software de cualquier fuente, y aunque existen riesgos, también existe la responsabilidad individual y la posibilidad de tomar decisiones informadas. En los dispositivos móviles, se nos niega esa opción.

La verdadera razón, sospecho, es más económica que ética. Controlar el ecosistema permite a Google y Apple cobrar comisiones por transacciones, imponer sus propias aplicaciones y servicios, y recopilar datos de usuario sin competencia real.

La alternativa del software libre y de código abierto

Frente a este panorama, la pregunta que me hago como valuador técnico es: ¿existe realmente una alternativa? Y la respuesta es un sí rotundo, aunque matizado. El software libre y de código abierto representa la única vía real para recuperar la soberanía digital.

En el ámbito de los sistemas operativos de escritorio, Linux ha demostrado ser una alternativa viable durante décadas. Distribuciones como Ubuntu, Fedora o Debian ofrecen un sistema completo, gratuito y con un control total sobre el código y los datos. Empresas, gobiernos y usuarios individuales han migrado a Linux con éxito, reduciendo costes y aumentando su autonomía.

Pero la pregunta que me inquieta es: ¿qué ocurre en el ámbito móvil? Aquí, la situación es más compleja, pero no desesperanzadora.

Opciones reales para móviles

GrapheneOS es una distribución de Android que elimina los servicios de Google y prioriza la privacidad y la seguridad. Aunque se basa en el código abierto de Android, es un proyecto independiente que permite un control mucho mayor sobre el dispositivo. Y lo que es más importante, Motorola lanzará teléfonos con GrapheneOS preinstalado a partir de 2027, lo que acercará esta alternativa al usuario medio.

postmarketOS es otro proyecto fascinante. Busca dar una nueva vida a teléfonos Android antiguos instalándoles un sistema Linux completo con un kernel actualizado. Aunque actualmente requiere ciertos conocimientos técnicos, demuestra que es posible ejecutar un sistema completamente libre en un smartphone.

Y luego está el audaz proyecto de Liberux NEXX, una startup española que está desarrollando un teléfono que no usa Android, sino LiberuxOS, basado en Debian Linux. Es una apuesta radical por un móvil 100% libre, sin rastro de los ecosistemas de Google o Apple.

El movimiento de los gobiernos: una señal de esperanza

Quizás el indicador más prometedor es el movimiento de algunos gobiernos hacia la soberanía digital. Francia y Suiza están migrando sus administraciones públicas a software de código abierto, como Linux y LibreOffice. El objetivo es reducir la dependencia de las grandes tecnológicas, proteger los datos de los ciudadanos y recuperar el control estratégico sobre su infraestructura digital.

Esto no es una moda; es una necesidad estratégica. Los gobiernos están entendiendo que la dependencia de proveedores externos es un riesgo para la seguridad nacional, la privacidad de los ciudadanos y la soberanía económica.

Reevaluando el valor de los activos digitales

Como valuador técnico, mi responsabilidad es comprender cómo estos cambios afectan el valor real de los activos. La transición de la propiedad al acceso no es un fenómeno neutral; reconfigura por completo la ecuación de valor.

Un software que es propiedad de la empresa y que se ejecuta en infraestructura propia tiene un valor tangible. Puede capitalizarse, depreciarse y venderse como parte del negocio. Un SaaS, en cambio, no genera patrimonio. Es un gasto operativo que, aunque necesario, no construye valor a largo plazo.

Además, la dependencia del proveedor introduce un factor de riesgo que debe ser cuantificado. El costo de migrar de una plataforma a otra, la vulnerabilidad a cambios en los términos de servicio y la exposición a la interrupción del servicio son variables que afectan el valor de la empresa.

Un nuevo criterio de valoración: la soberanía digital

Propongo que, como valuadores, incorporemos un nuevo criterio en nuestras evaluaciones: la soberanía digital. Esta se define como la capacidad de una organización para controlar su infraestructura tecnológica, sus datos y sus procesos sin dependencia forzada de terceros.

Una empresa con alta soberanía digital tiene más valor que otra con baja soberanía, porque:

  1. Tiene menor riesgo operacional: No depende de la continuidad de un proveedor externo.

  2. Tiene mayor capacidad de adaptación: Puede modificar su software y procesos según sus necesidades.

  3. Tiene control sobre sus datos: Puede garantizar la privacidad y la seguridad de la información.

  4. Tiene menor costo de cambio: Puede migrar a otras soluciones sin bloqueos.

Este criterio es especialmente relevante en sectores regulados, como la banca, la salud o la administración pública, donde la dependencia tecnológica es un riesgo crítico.


Pequeñas acciones para recuperar el control

No todo está perdido. Hay acciones concretas que podemos tomar para resistir esta tendencia y recuperar parte de nuestra soberanía digital:

  1. Elegir software libre siempre que sea posible: Desde el sistema operativo hasta las aplicaciones de productividad, existen alternativas libres para casi todo.

  2. Autoalojar servicios críticos: Correo electrónico, almacenamiento en la nube, gestión de proyectos... muchas herramientas se pueden autoalojar en servidores propios o en proveedores de hosting confiables.

  3. Exportar y respaldar los datos regularmente: No dejar los datos atrapados en plataformas externas.

  4. Educarse sobre tecnología: El conocimiento es la mejor defensa contra la dependencia.

  5. Exigir interoperabilidad: Apoyar iniciativas que promuevan estándares abiertos y la portabilidad de datos.

El papel de la regulación

También hay un espacio para la acción colectiva y la regulación. La Unión Europea está liderando esfuerzos con normativas como el GDPR (Reglamento General de Protección de Datos) y la Ley de Mercados Digitales (DMA), que buscan limitar el poder de las grandes plataformas y proteger a los usuarios.

Estas regulaciones son un paso en la dirección correcta, pero no son suficientes. La verdadera soberanía digital no se concede desde arriba; se construye desde abajo, con decisiones conscientes y una cultura tecnológica que valore la libertad y el control.


La propiedad es poder

La frase "la información es poder" ha sido repetida hasta el cansancio, pero quizás deberíamos reformularla: la propiedad de la información es poder. Cuando entregamos nuestros datos, nuestros contactos, nuestros procesos y nuestra infraestructura a plataformas externas, estamos entregando también nuestra autonomía.

La transición de la propiedad al acceso no es inevitable. Es una elección, y como toda elección, puede ser revertida. Existen alternativas reales, desde el software libre hasta los sistemas operativos alternativos para móviles. El camino no es fácil, especialmente cuando la comodidad y la inercia nos empujan hacia la dependencia.

Pero como valuador técnico, veo con claridad que el valor real no está en el servicio alquilado, sino en la capacidad de controlar nuestro propio destino digital. Las empresas y los individuos que inviertan en soberanía digital no solo estarán más seguros, sino que construirán un patrimonio tecnológico que perdurará más allá de los caprichos de los proveedores.

La pregunta que nos queda es: ¿estamos dispuestos a hacer el esfuerzo? ¿O preferimos la comodidad de la dependencia, con el riesgo que conlleva? La respuesta determinará no solo nuestro futuro digital, sino el tipo de sociedad en la que queremos vivir.

Este artículo fue escrito desde la convicción de que la tecnología debe servir a las personas, y no al revés. Como valuador técnico, mi compromiso es ayudar a las organizaciones a entender el verdadero valor de sus activos digitales y a tomar decisiones informadas que protejan su soberanía. 

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