Llevaba tiempo sin escribir la columna para Inside, y es que mis últimos artículos han estado principalmente focalizados en el trabajo.
Pero hay cosas muy personales que escribo y que también lo hago por mí, como lo que leerás a continuación.
El duelo profesional y financiero, es real. Es el colapso de las proyecciones a futuro, de meses de trabajo acumulado y de la certeza económica de la que depende tu sustento. Sentirte devastado por la pérdida de un contrato, de una inversión o de un plan de negocios en este contexto, es la respuesta natural a la fractura de la estabilidad.
Muchos tuvimos la inmensa fortuna de no perder nuestra casa, ni familiares, ni amigos en este terremoto. Y damos gracias al cielo por eso todos los días.
Pero perdimos algo más: Proyectos, contactos y planes de vida enteros. Hay un duelo del que nadie habla.
Existe una culpa silenciosa en la post-catástrofe. Te dices a ti mismo que no tienes derecho a quejarte porque estás vivo y bajo techo. Pero la realidad es que mirar los escombros de tus planes económicos, también duele. El colapso de tu estabilidad financiera es un trauma real.
En cuestión de minutos, contratos que estaban al 90% de cerrarse, se cancelaron; alianzas que costaron años construir, se congelaron porque las propiedades del capital cambiaron drásticamente. Proyectos que iban a sostener tu economía este año, simplemente dejaron de existir.
Para ponerte en contexto, mi caso fue un proyecto que durante años estuve cultivando: NOVA Living.
Ese es el duelo profesional. El shock que te da saber que parte de lo que te daba paz mental y sustentaba tus decisiones de cara al futuro, simplemente se esfumó. Te quedas con la urgencia de resolver el día a día, pero con la parálisis de no saber hacia dónde apuntar mañana.
Lamentar la pérdida de tus planes económicos, no te hace insensible frente a esta tragedia; al contrario, te hace humano. La economía personal es el soporte de tu seguridad. Cuando ese soporte se quiebra, la incertidumbre y la ansiedad golpean con la misma fuerza que cualquier réplica.
La reconstrucción de un país no solo se hace con cemento en las calles; también se hace reparando las expectativas rotas de su tejido productivo. El primer paso para salir del congelador mental es validar ese dolor, dejar de culparte por sentirlo y aceptar que esos planes murieron.
Lo bueno, y quizá tal vez lo mejor, es que no estás empezando de cero. Los edificios se caen y las bases de datos se borran, pero tu conocimiento, tu capacidad de articular soluciones y tu resiliencia siguen intactas. El plan se perdió, pero el arquitecto que lo diseñó, sigue estando ahí.
Permítete procesar la pérdida de tus proyectos sin culpa. Llora el contrato que no fue, procesa el plan que se canceló. Solo después de aceptar ese vacío es que vas a tener la claridad mental para empezar a dibujar el nuevo mapa.
Desde aquí, fuerza a todos los que están reconstruyendo (y reconstruyéndose) en silencio.
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